Florencio del Barrio

La vida como camino

 

 

Cuando se habla de las influencias de Schopenhauer (1788-1860) en Pío Baroja (1872-1956), se recurre a El árbol de la ciencia (1911), donde esta influencia es tal que llega a determinar, como demuestra Inman Fox1, la estructura de esta novela. Así, a nadie se le ocurre discutir la importancia del filósofo alemán en la catalogada como mejor novela de don Pío. Pero tampoco se puede negar que el germen de esta novela se encuentra ya en Camino de perfección2, publicada en 1902 como segunda novela de la trilogía La vida fantástica. En las dos novelas se nos presentan protagonistas semejantes, en los que el escritor vuelca muchos rasgos de su personalidad, como suele ser habitual en Baroja, e incluso de su autobiografía, lo que resulta ya menos habitual. Tanto Fernando Osorio como Andrés Hurtado tienen relaciones familiares difíciles, estudian medicina y terminan, antes o después, decepcionados por un sistema de enseñanza incompetente, una sociedad hipócrita y cerril y una vida, en definitiva, que no les permite satisfacer sus deseos y sus ambiciones espirituales.

Una de las semejanzas es la desorientación de los protagonistas. En El árbol de la ciencia Andrés se siente impotente y angustiado:

Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz a donde dirigirse. (Árbol, p. 167)

Y Fernando, en Camino de Perfección, se siente sin voluntad y no sabe cómo actuar:

Precisamente la herencia de su tío-abuelo le daba medios para vivir con cierta independencia; pero como no tenía deseos, ni voluntad, ni fuerza para nada, se dejó llevar por la corriente. (Camino, p. 35)

Esta desorientación vital de los protagonistas, tanto de Andrés como de Fernando, hace que sus vidas oscilen entre el deseo y el aburrimiento. Para Schopenhauer la vida es esa oscilación. Esta desorientación en la vida, este no saber qué hacer es común a muchos personajes barojianos: Manuel, por ejemplo, protagonista de Mala hierba (1904), pretende al inicio de esta novela salir del tedio y quiere hacer algo, cambiar su vida:

Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de vida; se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto a seguirla hasta el fin.

Esta incertidumbre hace que tanto Andrés como Fernando realicen un viaje, no sólo espiritual sino también físico. Andrés debe viajar a Valencia, a causa de la enfermedad de su hermano pequeño Luis. Allí va a encontrar cierta tranquilidad, que no le durará mucho tiempo. Después se marcha de médico a Alcolea de Campo y termina regresando a Madrid.

Por su parte, Fernando Osorio decide marcharse en el capitulo viii y sale de Madrid huyendo del aburrimiento, se encamina hacia Toledo atravesando distintos pueblos y termina en un pueblo de Castellón donde se casa y consigue tener esperanza gracias al nacimiento de su hijo. Este viaje ocupa un período importante de tiempo en la vida de Fernando y en él se sustenta todo el argumento del libro. El viaje, este camino de perfección, simboliza la vida, una vida en la que hay que atravesar etapas, que oscilan entre el deseo y el aburrimiento.

Otro paralelismo fundamental entre El árbol de la ciencia y Camino de perfección (somos conscientes de que existen muchos más, pero no nos interesan en este trabajo) es la carga erótica que contienen las dos novelas. Para Schopenhauer todo acto de la voluntad requiere un movimiento corporal, y el acto sexual es la máxima afirmación de la voluntad de vivir. Los personajes barojianos recurren al sexo para escapar del tedio de la vida. En la novela que nos ocupa, Fernando siente unos deseos místicos que no pueden colmarse y esa ambición por algo sobrenatural e invisible no se ve saciada, y entonces ese deseo inalcanzable se concretiza en el deseo sexual que puede satisfacerse con mayor facilidad, aunque también esta satisfacción terminará por aburrirle. En el capítulo vi Fernando comienza a sentir cierto ascetismo que no puede alcanzar, entonces al llegar a casa —«Fernando se sentía aquella noche brutal» (Camino, p. 42), nos dice Baroja— ese deseo ascético que es algo indeterminado se concretiza en un arrebato sexual que le lleva a acostarse con su tía. De ahí surge una relación animal donde los dos amantes, tía y sobrino, no sienten amor sino que se dejan llevar por el irracionalismo y el odio y se encuentran «poseídos de un erotismo bestia nunca satisfecho» (Camino, p. 43). Esta carga erótica, de la cual el capitulo vi es un ejemplo magnífico y brutal, abunda en estas dos novelas. Este erotismo, poco frecuente en Baroja, deja ver la influencia de esa metafísica de la sexualidad schopenhaueriana que propone el acto sexual como la máxima afirmación de la voluntad de vivir. Más adelante nos ocuparemos, con mayor profundidad, de esta afirmación de la voluntad de vivir en Camino de perfección. Ahora continuemos.

Todo lo dicho hasta aquí nos permite sacar una conclusión: si Camino de perfección lleva el germen de El árbol de la ciencia y esta novela está indudablemente influida por Schopenhauer, al que Baroja leía con interés desde 1889, podemos concluir con Inman Fox que «la influencia espiritual de Schopenhauer [en Baroja] es avasalladora». Con el presente trabajo trataremos de demostrar que Camino de perfección también es un ejemplo de ello.

Estas afirmaciones llevan a Fox a decir que Schopenhauer es el verdadero guía espiritual de la juventud finisecular frente a Nietzsche. Por nuestra parte, y mostrando nuestro acuerdo con Fox, creemos que el pesimismo que inundaba el ambiente espiritual de Fin de siglo (y no sólo de los hombres del 98) concordaba más con la filosofía de Schopenhauer. No obstante, no podemos pasar por alto la influencia de la filosofía de Nietzsche en toda esa generación que agrupa a los autores finiseculares. Sin duda el vitalismo de Nietzsche se deja ver en algunos pasajes de Camino de perfección, pero ¿de dónde arranca la filosofía de Nietzsche? ¿Cuál es la influencia más importante en su primera etapa, en su filosofía de la noche?

 

Cada uno ve el mundo a su manera

«El mundo es mi representación», dice Schopenhauer. Esto supone la preponderancia del individuo y de su subjetividad. Esta subjetividad impregna toda la novela Camino de perfección. El mundo aparece visto a través de los ojos de Fernando Osorio y las descripciones abundan. Esta abundancia de las descripciones significa la importancia que tiene la subjetividad en la novela y el interés que tiene Baroja en mostrar el mundo como la representación que de él se hace el protagonista. Así, se describen ambientes, pueblos, ciudades, iglesias y sobre todo paisajes naturales. Estas descripciones son frecuentes, como decimos, y a veces alcanzan una gran longitud. La mayor parte se refieren a la naturaleza, y son las más interesantes. En la naturaleza se manifiesta la vida como algo sobrenatural y poderoso que nos llena de emoción. Es en la naturaleza, en esos paisajes de Marisparza que nos describe Baroja en las paginas 278-279 de Camino de perfección, donde se hace patente la Voluntad. A través de estas descripciones se manifiesta la subjetividad de Fernando Osorio y la intención de Baroja de mostrar sus sensaciones (las del protagonista) ante una escena salvaje o un panorama sobrecogedor.

Este intento por expresar la subjetividad del protagonista se convierte en un rasgo formal en el capítulo xlvi donde comienza la narración en primera persona hasta el capítulo lvii. Baroja, a través de una artimaña narrativa (el uso de una colección de cartas), deja la narración en tercera persona y utiliza la primera persona, haciendo que Fernando Osorio pase a ser el narrador de su propia historia.

Y es que a través de la subjetividad, a través de nosotros mismos, según Schopenhauer, alcanzaremos la cosa en sí, el noumeno, la Voluntad, que Fernando parece definir cuando dice:

En lo íntimo creo que todo es fijo e inmutable. Y esto que es fijo, llámesele sustancia, espíritu, materia, cualquier cosa, X, que a nuestros ojos, por lo menos a los míos, es infinito; yo supongo, a veces, cuando estoy de buen humor, que se reconoce a sí mismo y que tiene conciencia de que es... (Camino, p. 259)

Y es que a Baroja, al fin y al cabo, no le importaba el mote.

 

¡Qué bárbara lucha por la vida!

Para Schopenhauer el mundo es dolor y la vida es cruel. Los seres luchan para conseguir la parte de voluntad que les falta y tratan de arrebatársela a los demás. De este modo, la vida se convierte en una lucha.

Nuestras aspiraciones nunca se alcanzan, y cuando las alcanzamos, no nos encontramos satisfechos. «Siempre se desea algo» (Camino, p. 118) y «nunca se encuentra uno satisfecho» (Camino, p. 117), le dice el arriero Polentinos a Fernando. Estas dos sentencias del arriero nos muestran la vida como un péndulo, como una oscilación, que dijimos más arriba. Así la vida oscila entre el sufrimiento por desear algo y el hastío.

Al comienzo de la novela Fernando se siente vacío y hueco, sin saber qué hacer. Se levanta cansado y no puede trabajar. Su vida ha caído en un estado de tedio, de aburrimiento. En estos momentos Fernando no tiene voluntad, no puede decidir y se deja llevar por la vida. Así, comienza a frecuentar las tertulias y los teatros y entra en sociedad. Esto parece entretenerle, pero al final también termina aburrido (Camino, pp. 37-38) y vuelve a caer en el aburrimiento. De esta manera, Fernando va saltando de estados de acción a estados de aburrimiento y abulia. Así su vida se convierte en «una cosa vaga y sin objeto» (Camino, p. 81). Y sólo va a encontrar la felicidad en no hacer nada, en la contemplación, en un estado donde no desee nada en absoluto: «No pinto, no escribo, no hago nada, afortunadamente» (Camino, p. 280). Y así consigue la tranquilidad y la dicha.

Pero sabemos, Schopenhauer nos lo dice, que todo momento de felicidad tiene su carácter negativo. Así, una vez que Fernando alcanza la felicidad y la tranquilidad de ánimo, no puede dejar de preguntarse por qué es ahora feliz y cuánto va a durar esta felicidad: «Por más que hago no he desechado todavía el prurito de analizarme, y aunque me encuentro tranquilo y satisfecho, analizo mi bienestar» (Camino, p. 283). Esta conciencia de que los momentos de felicidad no son duraderos y de que detrás de esa felicidad se esconden el sufrimiento y la incertidumbre demuestra el pesimismo de la novela y de su protagonista.

Fernando deseaba no sufrir y alcanzar un estado de tranquilidad: Deseaba no desear; y lo ha conseguido sin hacer nada, o mejor dicho, haciendo nada. Pero vuelve a caer en el aburrimiento:

Lo cierto es que hace dos semanas que estoy aquí y empiezo a cansarme de ser dichoso. Como me hallo ágil de cuerpo y de espíritu, no siento el antiguo cúmulo de indecisiones que ahogaban mi voluntad; y una cosa imbécil que me indigna contra mí mismo, experimento a veces nostalgia por las ideas tristes de antes, por las tribulaciones de mi espíritu (Camino, p. 283).

Una vez que ha satisfecho su aspiración, la de lograr un estado de tranquilidad, siente el hastío y, por lo tanto, ha de volver al camino, dando comienzo, de nuevo, a esa cadena de deseo-dolor-tedio, que es la vida. Así, la vida sólo podrá vivirse si uno se inventa un mundo propio, particular, si uno se dedica a la contemplación y vive engañado como los locos o esa gente que ve Fernando volviendo de la Casa de Campo un domingo por la tarde: «La gente tornaba de pasear, de divertirse, de creer, por lo menos, que se había divertido» (Camino, p. 123). Sólo así se podrá soportar el dolor que produce vivir y la tensión que provoca el deseo. Sin embargo, viviendo engañado, el Hombre niega la voluntad de vivir y se resigna al dolor y no se afirmará la voluntad de vivir.

Y otra vez la vida como camino.

 

La prolongación de su vida en la de su hijo

Para Schopenhauer, el amor erótico es una manifestación de la voluntad de vivir, pero este acto sexual se convierte en una nueva lucha, brutal y física (Camino, pp. 42-43), y una vez satisfecho este deseo, la vida vuelve a caer en el tedio. A pesar de todo, esta fuerza erótica y este amor físico significan un ansia de ser y se convierten en clave ontológica. Esto es lo que lleva a Alicia H. Puleo a hablar de metafísica de la sexualidad en Schopenhauer. Ya hemos hablado de la gran carga erótica que contenía Camino de perfección, y hemos resaltado el capítulo vi de la novela como ejemplo.

La sexualidad tiene una función reproductora principal. Así, si el suicidio se considera un medio negativo para afirmar la voluntad de vivir, la reproducción sería el medio afirmativo. De ahí que Schopenhauer distinga dos grados dentro de la sexualidad:

1. El más bajo no seleccionaría y sería aquél que puede satisfacerse con mayor facilidad; se caracterizaría por la cantidad. Este grado inferior se manifiesta en la novela en la relación que mantiene Fernando con su tía Laura (Camino, cap. VI) y en la que ambos amantes son descritos:

Como las fieras que huyen a la obscuridad de los bosques a satisfacer su deseo, así volvieron a encontrarse mudos, temblorosos, poseídos de un erotismo bestial nunca satisfecho, quizá sintiendo el uno por el otro más odio que amor (Camino, p. 43).

2. El grado superior se encarga de seleccionar y se interesa por la calidad. Aquí la función reproductora es la principal. Se trata del amor que siente el protagonista por Dolores, la mujer con la que termina casándose y teniendo un hijo, la mujer «a quien debía su salud y la prolongación de su vida en la de su hijo» (Camino, p. 334). Este grado superior en el que se manifiesta el instinto sexual se presenta como una sexualidad más tranquila, más pacífica. De este modo, en el capítulo donde Fernando declara su amor a Dolores nos encontramos con una ingenuidad casi infantil (Camino, cap.LIII). Pero, a pesar de todo, Fernando llega a decirle a su futura esposa: «Tengo hambre de ti» (Camino, p. 307). Esto indica que esa tranquilidad y esa inocencia sólo lo son en apariencia y disfrazan un deseo fuerte y un impulso sexual irremediable.

Pero, aunque la reproducción es el medio positivo de afirmar la voluntad de vivir, también constituye un medio para prolongar el dolor del Hombre en esta vida y de continuar en la futura generación la lucha por la vida. De esta manera piensa Fernando al observar a los hijos de Yécora, donde se respira «un ambiente hostil» y la vida «es sombría, tétrica y repulsiva» (Camino, p. 208) y los padres engendrar unos hijos «sin amor y sin placer» (Camino, p. 209). Sin embargo, para Fernando el hijo significa una nueva vida, una esperanza de vivir. A través de su hijo, Fernando Osorio ve la posibilidad de vivir, de salvarse de la lucha y de conseguir la libertad. Si Andrés Hurtado cuya mujer muere en el parto después de alumbrar a un hijo muerto (Árbol, p. 301) no encuentra otra posibilidad de afirmar la voluntad de vivir más que en el suicidio, Fernando encuentra la salvación en esta nueva vida. Vemos, pues, cómo ambos protagonistas quieren afirmar la voluntad de vivir, pero los medios utilizados son muy diferentes. Fernando Osorio quiere vivir como lo demuestra el hecho de que intenta tener otro hijo después de la muerte del primero (Camino, p. 331) y esta voluntad de vivir se ve recompensada por el nacimiento de su nuevo hijo. Esto es lo que da a la novela un tono optimista, una esperanza clara y limpia, de la que carece El árbol de la ciencia. Sin duda alguna, Baroja en 1902 aún conservaba cierta ilusión, perdida por completo en 1911. Aun así también El árbol de la ciencia deja un resquicio a la esperanza al concluir con aquel «Tenía algo de precursor», al que se refiere a Andrés Hurtado y que da título al capítulo iv de la séptima parte (Árbol, pp. 300-303).

Se ha dicho que Baroja concede la muerte a sus personajes más queridos. Aunque discutir esta afirmación nos obligaría a conocer el sentir de Baroja, sí podemos, sin embargo, hacernos una pregunta: ¿Por qué no muere Fernando Osorio? ¿Por qué Baroja no le concede este final? La respuesta que podemos dar a esta pregunta es la siguiente: Fernando Osorio, a pesar de sus contradicciones espirituales, sus luchas religiosas y su desorientación, quiere vivir y afirmar la voluntad de vivir.

Fernando Osorio es un artista; no busca el sentido de la vida en la razón ni quiere encontrar la explicación del mundo, quizá porque sabe que «el mundo de afuera no existe; tiene la realidad que yo le quiero dar» (Camino, p. 133). Este irracionalismo, característico de la filosofía de Schopenhauer, hace que huya del pensamiento lógico y tema a la palabra, «porque la palabra es el enemigo del sentimiento» (Camino, p. 158). Si en El árbol de la ciencia Andrés busca una fórmula de la vida en los libros y en la filosofía (Árbol, pp. 69-74), Fernando la busca en la Naturaleza. Así, el número de lecturas filosóficas que realiza Andrés Hurtado (La Ciencia del Conocimiento de Fichte, Parerga y Paralipomena de Schopenhauer, La Crítica a la razón pura de Kant, etc.) supera con creces las dos lecturas que aparecen en Camino de perfección: El Eclesiastés y los ejercicios de San Ignacio de Loyola (Camino, p. 163). Por el contrario, las obras de arte, en especial la pintura, adquieren gran importancia en Camino de perfección y la emoción que siente el protagonista ante ellas da cabida al irracionalismo. Fijémonos, como ejemplo, en la admiración con que mira El enterramiento del conde Orgaz —«Osorio completaba con su imaginación lo que no podía percibir con los ojos» (Camino, p. 149)—, y en la turbación que le produce esta visión (Camino, cap. XXIII).

Por otra parte, en El árbol de la ciencia las principales conversaciones filosóficas e intelectuales que lleva a cabo Andrés tienen a su tío Iturrioz, médico y hombre culto, como compañero, mientras que Fernando trata de estos temas con el alemán Max Schultze, que ataca el optimismo y defiende la filosofía de Nietzsche, al que Fernando conoce de oídas (Camino, cap. XIV), y con el arriero Polentinos, un hombre sin estudios pero observador cuya única universidad ha sido la vida (Camino, cap. XVII). Todo esto demuestra que en Camino de perfección domina el irracionalismo y que Baroja evita cualquier razonamiento lógico, y a través de este irracionalismo, según Schopenhauer, el Hombre podrá ser libre, ya que la libertad es tal en cuanto que no obedece a razones, y alcanzar la esencia del mundo.

Además, la muerte de Andrés en El árbol de la ciencia es una muerte filosófica y su suicidio concede el triunfo casi total al pesimismo. Por el contrario, Fernando Osorio ha encontrado en el hijo una prolongación de su vida y promete educarle de acuerdo a su naturaleza para evitarle todo el dolor:

Él le dejaría vivir en el seno de la Naturaleza; él le dejaría saborear el jugo del placer y de la fuerza en la ubre repleta de la vida, la vida que para su hijo no tendría misterios dolorosos, sino serenidades inefables (Camino, pp. 334-335).

En definitiva, Baroja salva al artista y da muerte al científico.

Más arriba hemos dicho que el final de El árbol de la ciencia permite asomar a la esperanza, al optimismo. De esta manera, podemos decir que el último párrafo de Camino de perfección atenúa el optimismo de la novela. Fernando Osorio pretende abandonar todas sus dudas religiosas y sus aflicciones espirituales gracias al hijo y se propone no torturarle ni enseñarle «símbolo misterioso de religión alguna» (Camino, p. 335), pero

Mientras Fernando pensaba, la madre de Dolores cosía en la faja que habían de poner al niño una hoja doblada del Evangelio (Camino, p. 335).

Este dato, ignorado por Fernando, disminuye el tono optimista con que parecía terminar la novela y convierte el propósito de ahorrar dolor al hijo recién nacido en una tarea difícil. Quizá imposible.

 

 

 

Notas:

1 Fox, E. Inman, «Baroja y Schopenhauer: El árbol de la ciencia» en Pío Baroja, J. Martínez Palacio ed., Madrid, Taurus, 1979, pp. 397-408.

2 Para este tema resulta interesante leer la introducción que Pío Caro Baroja hace para El árbol de la ciencia, Madrid, Caro Raggio/Cátedra, 1994; pp. 11-31. En esta introducción Caro Baroja destaca varias semejanzas entre las dos novelas, más de la que vamos a tratar en este trabajo. A partir de ahora citaré según esta edición, a la que me referiré como Árbol y el número de página correspondiente.

3 Baroja, Pío, Camino de perfección, Madrid, Caro Raggio, 1993. Citaré según esta edición a la que me referiré como Camino y el número de página.

4 Baroja, Pío, Mala hierba, Caro Raggio, 1993; p. 8.

5 No lo hemos dicho todavía, pero no hay que olvidar que Camino de perfección trata, fundamentalmente, de las preocupaciones religiosas y espirituales del protagonista, símbolo de las inquietudes del autor y de la juventud de Fin de siglo. Baroja recurre a este título de Santa Teresa, bastante elocuente, y además a un subtítulo que resulta innecesarío. Este subtítulo es el de Pasión mística. De este modo, se explica en gran medida el contenido de la novela.

6 Fox, E. Inman, op. Cit., p. 401.

7 Ver el capítulo iv, «metafísica de la sexualidad» en Puleo, Alicia H., Cómo leer a Schopenhauer, Madrid, Júcar, 1991; pp. 77-92.

8 Ver la introducción de Pío Caro Baroja en la edición de El árbol de la ciencia citada más arriba.

9 Los títulos de estas lecturas muestran también que las preocupaciones de Baroja son distintas en cada una de las novelas: religiosas en Camino de perfección, y filosóficas en El árbol de la ciencia.

 

 

 

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