DANTO, Arthur C., El abuso de la belleza. La estética y el concepto del arte, traducción de Carles Roche, Barcelona, Paidós, 2005, 234 pp., 21 x 15 cm., ISBN 84-493-1694-4.

 

Siempre es un placer leer a Danto, por su claridad, su rigor, su saber, aunque muchas recensiones de esta obra aparecidas en diferentes medios no hayan hecho justicia a ninguno de los dos aspectos. Los distintos capítulos del libro se basan en distintas contribuciones presentadas por Danto en ciclos de conferencias o en volúmenes colectivos. Él mismo (p.50), afirma que esta obra sería el tercer volumen de una filosofía contemporánea del arte, completando a La transfiguración del lugar común, que desarrolla una ontología de la obra de arte y  a Después del fin del arte que desarrolla una historia filosófica del arte.

En esta obra Danto retoma algunas de sus ideas ya conocidas: su externalismo (la idea de que lo que convierte a algo en una obra de arte es algo externo a ese algo), su famosa definición semántica de arte, de raigambre hegeliana (como significado encarnado), su tesis de los indiscernibles perceptivos (con el recurrente ejemplo de las Cajas Brillo de Warhol), la idea, también de raigambre hegeliana, del fin del arte como momento necesario para emprender una filosofía del arte (pues cualquier cosa que aparezca en el futuro artístico ya no nos deparará ninguna sorpresa filosófica), es decir, los tópicos (en el buen sentido) que ha venido desarrollando a lo largo de sus diferentes obras y que, como él mismo reconoce, arrancan de su experiencia del arte de los años sesenta, aunque su reflexión aspire a ser universal e intemporal, es decir, a tener validez más allá de la época en la que fue engendrada. Tiene siempre presente en sus reflexiones lo que denomina la Vanguardia Intratable, el movimiento que rompió la estrecha conexión que, desde el siglo XVIII se había establecido entre arte y belleza, de modo especial a Duchamp y al Dadá. Sin embargo, la belleza ha sido la propiedad paradigmática en la historia del arte y por eso Danto cree que es necesario dedicarle el presente libro, aunque las vanguardias demostrasen que el vínculo entre arte y belleza no poseía la fuerza de una necesidad a priori. Danto niega que la historia de la apreciación culmine siempre en la apreciación de la belleza, es decir “el error sería creer que el valor artístico es lo mismo que la belleza y que la percepción del valor artístico es la percepción estética de la belleza” (p. 75). Por eso examina también la relación entre belleza artística y belleza natural. y el Tercer Reino (que es el que existe entre ambas).

Tuve la ocasión de hablar con él (lo cual fue una suerte y no me convierte en mejor conocedor de Danto que cualquier otro que haya leído sus obras) cuando esta obra acababa de ser publicada en inglés y me comentó la importancia de la belleza como un valor, junto con la verdad y la bondad ya desde Platón (la trascendentalidad de la belleza, en términos medievales, aunque no de Danto) y cómo ello le había hecho repensarla. Me sorprendió relativamente, pues, aunque soy firme defensor de la belleza en el arte, Danto sólo empezaba a considerarla seriamente después de muchos libros. Y así lo hace aquí, rescatando la idea de una belleza interna a la obra, es decir, formando parte del significado de la obra, como, en su opinión, ejemplifican las Elegies for the Spanish Republic de Robert Motherwell, aunque ni de lejos se pueda aplicar esta idea al arte conceptual, pues el arte a partir de los sesenta raramente ha ido acompañado de belleza. En su discurso no ahorra veladas críticas a la teoría institucional de Dickie (como éste hace con él en sus obras).

No obstante, en la presente obra hay algunas incongruencias que muestran el origen distinto de los diversos capítulos del libro. En la p. 88 Danto habla de “quienes se empeñan en ver la belleza como un valor”, como si la cosa no fuese con él. Pero al final de la obra afirma que “la belleza, a diferencia de otras cualidades estéticas, lo sublime incluido, es un valor” (p. 223), aunque no sea su objetivo abogar por la reintroducción de la belleza en la definición de arte. No obstante, Danto defiende la existencia de una belleza interna de una obra que se vincula al “pensamiento” de la obra.

Hay cosas que se pueden discutir, como la afirmación de Danto de que la Vanguardia Intratable demostró “que algo puede ser arte sin estar dotado de belleza” (p. 103). Eso parece aludir a algo esencialista. La Vanguardia no demuestra nada, simplemente ataca el concepto de belleza y hace algo que llama “arte” que carece de belleza. Del mismo modo, en la p. 122 atribuye a Hegel que el arte clásico carece de concepto de interioridad, lo que podría decirse del arte simbólico, pero nunca del clásico. Igualmente criticable es su constante apelación a la importancia de la Vanguardia Intratable para separar arte y belleza, de modo que nunca más podremos establecer una conexión entre ambas, y su afirmación de la p. 154 de que “la belleza puede ser una de entre las muchas modalidades en que los pensamientos se presentan a la sensibilidad humana, puede explicar la importancia del arte para la existencia humana y por qué tenemos que reservarle un espacio en una definición aceptable del arte”. Asimismo, en pp. 162-163 compara la intuición inmediata de Greenberg con la idea kantiana del juicio de lo bello como no conceptual. Creo que es erróneo por parte de Danto. Nada más lejos de la realidad kantiana que la intuición súbita de la belleza, pues el juicio de gusto implica un proceso formalmente cognitivo, aunque, en efecto, no se llegue a un concepto. Tampoco son aceptables las ideas de Danto de que el arte sólo podría ser bello cuando se acaben todas las injusticias de la tierra (p. 180). Es un ejemplo palmario de un non sequitur, que además carece de base histórica para postularse.

Es cierto que no conseguimos sacar una idea clara, a pesar de todo, de cuál piensa Danto que es el papel que le corresponde a la belleza en el arte. Lo más que dice es que es una opción, pero una opción que es valiosa.

Hay un error de traducción en p. 61: teoría del arte institucional en lugar de teoría institucional del arte (de Dickie).

 

Sixto J. Castro