CENCILLO, Luis, Paradojas de la belleza. Un estudio psicoevolutivo de la creatividad artística, Madrid, BAC, 2003, 336 pp., 20,3 x 13,7 cm., ISBN 84-7914-660-5.

 

La belleza, nos dice Cencillo, "es el condimento de la indigesta realidad del día a día" y "crea una transparencia transpragmática en las cosas" (p. XIII). Su pregunta primera, en confrontación con buena parte de la filosofía del siglo XX es si la belleza es un valor, y digo en confrontación, porque videtur quod non. Para Cencillo, "belleza es la resultante compleja de una formalización cognitiva espontánea, una investición de significado, una contextualización histórico-práxica, una carga simbólica (mensaje) y una movilización emocional en el sujeto que percibe" (p. 26). Distingue el autor entre belleza natural, artificial y artística (insistiendo kantianamente en el carácter no utilitario de ésta). Y hasta aquí ha llegado el título, quiero decir, la belleza desaparece y el resto del libro se dedica al arte (con apariciones esporádicas de la belleza). Toda esta parte dedicada a los elementos constitutivos de la belleza recoge diversas intuiciones valiosas, pero es excesivamente oscura, dado el uso del autor de un lenguaje casi privado, que aclara definitivamente muy poco. Y he de expresar algo con lo que no estoy de acuerdo: cuando habla de las teorías explicativas de la belleza (p.60) deja fuera una de las más importantes, que es la kantiana, que, al menos, tal como yo la entiendo, no puede considerarse sin más subjetivista, al menos si no se matiza bien el significado que en la Crítica del Juicio Kant da a este término.

Posteriormente entramos en el subtítulo, que es a lo que se dedica el resto de la obra. El autor estudia la base psicológica de la producción artística, con referencias constantes a la vida inconsciente, así como la relación entre sujeto y objeto en clave fenomenológica, tras lo cual analiza la constitución del objeto artístico, que vincula a la belleza, y un párrafo después habla ya de efectos estéticos (que son más que la belleza) y explica esa constitución en términos eminentemente psicoanalíticos. Concreta la propiedad general de la obra de arte en "la concreción de lo ideal y la idealización de lo concreto" (bien hegeliano, pero sin citar nunca). Estudia asimismo el elemento activador de los colores, de los elementos escultóricos (todo en un tono excesivamente psicologista), y si bien el apartado referido a la escultura puede suscitar el desacuerdo, sí es cierto que está tratado de modo muy interesante y claro.

Pasa luego a estudiar el valor expresivo de los materiales, en términos catárticos, y el espacio, primero en los templos, de forma muy detallada, y luego en los espacios profanos y en la música, en un capítulo bien interesante, bastante más claro que los anteriores, al igual que lo es su reflexión sobre el estilo y su dinámica, lo que llama Cencillo "vigencias", para pasar a estudiar al creador y sus características, ofreciendo incluso un criterio de clasificación, que puede ser discutible, pero que deja en mal lugar a los pseudo-genios.

La segunda parte comienza con el análisis de temas y géneros, aunque en realidad es un listado, para seguir con el problema de la representación sacra, que empieza bien, pero vuelve a recaer en un listado poco profundo, y sigue una reflexión sobre la belleza algo más satisfactoria, continuada por otro listado evolutivo de géneros, una especie de breve historia de Europa, que no parece encajar demasiado en el discurso. A continuación tenemos un capítulo dedicado al arte cinematográfico, en el que reflexiona sobre el cine como producto típicamente postmoderno, de modo muy personal y satisfactorio para el lector. Los capítulos finales repasan el arte moderno y las vanguardias y el arte de la postmodernidad, ahora sí, emparentándolas con la filosofía de su época, centrándose en Picasso, para el que no ahorra elogios. Termina con una reflexión sobre Lyotard y sobre el arte en general, y con un epílogo de reflexiones personales sumamente enjundiosas.

Como se ve, se trata de una obra bastante irregular, que no ofrece lo que promete. Es cierto que algunos capítulos, los más sugerentes, están muy poco desarrollados, aunque hay que decir en su favor que en las partes finales del libro, el discurso adquiere una linealidad de la que carecen las anteriores. Es de reprochar al autor que casi nunca cite sus fuentes, sobre todo en las referencias históricas.

 

 

Sixto J. Castro