DAVIES, Stepeh and SUKLA, Ananta Ch. (eds.), Art and Essence, Westport, Connecticut-London, Praeger, 2003, 253 pp., 24,5 x 16 cm., ISBN 0-275-97766-8.

 

En su introducción, Davies plantea el problema de la esencia del arte. y explica que los ensayos contenidos en este libro ejemplifican la diversidad de aproximaciones que pueden adoptarse al discutir sobre el arte y su esencia. Los capítulos se han agrupado en cuatro temáticas. La primera de ellas lleva por título "perspectivas teóricas". En el primer capítulo Davies trata de clarificar en qué consiste definir el arte, distinguiendo entre esencia real y nominal, al igual que entre una definición y una teoría del arte, examinando y criticando varias teorías y definiciones, pero sosteniendo la posibilidad de definir el arte. Hay una cosa extraña en la p. 13, donde Davies sostiene que Danto no tiene por meta producir una definición. Yo creo que es más bien al contrario, pues Danto, en lo que a la intensión del término arte se refiere es bien esencialista. Graham McFee, en un extraordinario artículo, toma la afirmación de que el arte no puede definirse porque es un concepto abierto, idea que comienza con Weitz quien defiende esa tesis siguiendo intuiciones wittgensteinianas (los "parecidos de familia" de los juegos), pero McFee, releyendo los textos de las Investigaciones Filosóficas, muestra que se puede hacer otra lectura de Wittgenstein a este respecto. Stephanie Ross, tras analizar en qué consisten las propiedades estéticas y la apreciación estética de la naturaleza, se centra en la diferencia entre arte y naturaleza, tratando de retomar la cuestión de en qué consiste esta última, asunto no tan tratado por lo estetas como aquél de qué es el arte, el cual ejemplifica en las jardines japoneses.

En el apartado de "perspectivas históricas", Liberato Santoro-Brienza hace un recorrido por la reflexión estética griega y medieval. Hay algo con lo que no estamos de acuerdo: "podemos inferir, pues, que para los griegos y para toda la tradición clásica o premoderna, el concepto de arte, incluso en su sentido amplio, está estrechamente asociado con la idea de belleza estética" (p. 56). Creo que es al contrario. Hasta el siglo XVIII –especialmente por obra de Hegel– ambos reductos no se "identifican". En el ámbito medieval la belleza tiene que ver con Dios, con el ser, con la bondad, etc., pero no se liga con el arte sin más: son ámbitos separados, al menos teóricamente. Lo mismo sucede cuando Santoro dice que en el medievo "el artista era concebido como un pequeño creador, que emula la actividad de Dios" (p. 63). Eso sucede por primera vez en el Renacimiento. Habría que matizar mucho esa afirmación aplicada al medievo. Otro error más "kaloagathía" en lugar de "kalokagathía" (p. 65). Y un último error: considerar la definición tomista de cosas bellas quae visa placent como objetiva (p. 69), en el sentido de que son las cosas las que dan placer, sin atender a lo que significa la visio en Tomás de Aquino, es erróneo. A pesar de ello, el artículo es interesante, aunque poco original. Dawney Townsend, en una colaboración muy bien elaborada y llena de ideas sugerentes, se centra en Hume y Kant, mostrando la relación de éste con aquél y vuelca su atención en el análisis de los conceptos kantianos de finalidad y de sentido común (más convincente que el concepto humeano de empatía), concluyendo que ni para Hume ni para Kant las bellas artes son definibles. Robert Wicks contrapone las visiones hegeliana y nietzscheana, aun partiendo de la hipótesis de que piensan sobre los mismo supuestos, pero dado que su concepción de la vida es diferente –racional en Hegel, sinsentido en Nietzsche–, sus concepciones del arte difieren, pues Hegel se centra en lo bello y Nietzsche en lo sublime.

En la parte dedicada a las "perspectivas interculturales", Ananta Ch. Sukla se centra en la obra de los teóricos indios Bharata, y su comentador Abhinavagupta, quienes se diferencia de la teoría occidental en no buscar una esencia de las artes, sino en preocuparse por la ontología fenomenológica, es decir, por los modos distintivos en los que las diferentes artes aparecen ante el público y son experimentadas por ellos. Hay aquí algo que no comparto. Sukla afirma que "a veces un fósil, un tronco de madera con fibras de diseños naturales, o una pieza de madera son tratadas y aceptadas como obras de arte" (p. 113). Eso es discutible, pues el arte necesariamente implica una intervención humana (aunque sea de apropiación). Si no, es naturaleza. Lo mismo su afirmación de "hay un punto que permanece común a los antiguos y a los recientes teóricos: ambos comienzan su discusión de la definición del arte con referencia particular al arte pictórico" (p. 115.). Eso ya queda desmentido simplemente considerando la Poética de Aristóteles. Yuriko Saito se centra en lo compartido y en los elementos diferenciales de las tradiciones occidental y japonesa, más centrada ésta en el proceso de creación y en el cultivo del artista, por influjo del sintoísmo y el budismo zen, y en la posibilidad de acceder a lo nouménico. Larry Shiner desarrolla el tema de que sería erróneo creer que la noción común occidental de arte es universal, en viva polémica con Dutton y Davies, ofreciendo argumentos muy sugerentes en su defensa.

Finalmente, en "perspectivas contemporáneas", Kathleen Stock se opone a las definiciones históricas del arte (Levinson, Carney, Stecker, Carroll) y defiende que cuando un objeto adquiere el estatuto de arte, entonces los parecidos entre él y sus predecesores artísticos se hacen relevantes, y no a la inversa. Robert Stecker estudia la ontología del arte, distinguiendo entre dos "síndromes": contextualista y constructivista, viendo las ventajas e inconvenientes de ambas posturas. Monique Roefols discute las contribuciones hechas por el feminismo a la estética y los retos que la estética hace al feminismo y propone una "estetificación", que relacione la estética y la política. Finalmente, Denis Dutton expone el desarrollo estético desde la psicología evolucionista para apoyar su tesis de una estética intercultural. Los autores se citan mutuamente, en una especie de diálogo intertextual que da coherencia y unidad al libro, a pesar de su carácter de miscelánea. Evidentemente, no todos los capítulos son del mismo interés, pero el conjunto es más que válido.

 

Sixto J. Castro