MARGOLIS, Joseph, On Aesthetics. An Unforgiving Introduction, Belmont, CA, Wadsworth, 2009, 204 pp., ISBN 978-0-495-00889-7.

 

Ciencias y artes están insertas en la vida cultural, son parte de la misma. Y han de entenderse en términos históricos. Ésta es la idea clave de esta obra, en la que Margolis critica la estética contemporánea a partir de su invectiva contra Kant, cuya Crítica del Juicio considera una obra obtusa, contraproducente, sin fundamento y vacía (p. 3), superada totalmente por Herder y, sobre todo, por Hegel. Kant habría eclipsado a todos los filósofos alemanes e ingleses coetáneos suyos y, con ello, habría redirigido sus intuiciones a un callejón sin salida, ya que tiene demasiados tributos que pagar a su primera Crítica. “La contribución de Kant a la estética es, así de simple, un desastre y hay que eliminarla por completo” (p. 14). Margolis critica la insistencia kantiana en el desinterés del placer estético, así como su carácter inherentemente no cognitivo. Todo ello es superado por la aproximación hegeliana a todas las formas de experiencia humana en términos históricos (provisionales, transitorios) y “geistlich” (encarnados concretamente y penetrados por las fuentes colectivas del lenguaje y la cultura de las sociedades reales). El cambio y la evolución del juicio estético y del sentido de belleza, connaturales para Hegel, son imposibles para Kant, pues “es imposible identificar al sujeto humano (de interés estético, moral o científico) con el sujeto trascendental de las dos Críticas” (p. 23). Y aquí entra Hegel, para quien la belleza del arte es superior a la de la naturaleza y, en este sentido, es obra de un sujeto lingüístico y cultural, no de un individuo genial que existe autónomamente. Mas Margolis no ahorra críticas a la teorización hegeliana de cada una de las artes individuales y pone como ejemplo concreto el busto de Nefertiti, que no encaja en su idea del arte egipcio. Frente al apriorismo kantiano, valora el aposteriorismo historicista hegeliano. Frente a la identificación aristotélica del arte como un proceso que se da “en” la naturaleza, Margolis insiste en el logro hegeliano que supone distinguir un orden de realidad (el de la historia y la cultura humana) que no es analizable correctamente en términos de la naturaleza material, aunque no pueda existir aparte de lo que existe en la naturaleza. Frente al reduccionismo de la filosofía contemporánea, especialmente de la estética analítica, Margolis prefiere esta idea de una segunda naturaleza. Frente a Aristóteles, que no tiene teoría del arte (como arte bello) en el sentido cultural, o en el sentido en que Hegel afirma que el arte es superior a la naturaleza, y no la tiene porque no ha desarrollado concepto alguno de cultura. De hecho, para Margolis, “el mejor Kant es un Kant releído en términos de la corrección hegeliana del Kant original: un Kant despojado de pretensiones trascendentalistas, pero no de cuestiones trascendentales” (p. 55), un Kant hegelianizado, historizado. Para Hegel, el conocimiento humano es una construcción dialéctica y no trascendentalista y de aquí concluye Margolis que las prácticas interpretativas deben ser plurales, fragmentarias, con sus prejuicios y horizontes, no convergentes en un lugar único, a veces incompatibles, plausibles más que verdaderas y siempre revisables, de modo que Hegel mismo sería un relativista (p. 67). Para Margolis, Hegel prima la fenomenología sobre el fenomenalismo; explica por qué la generalidad predicativa no tiene sentido si se separa de los ejemplares concretos; toma nota de la profunda provisionalidad y el laxismo lógico del juicio objetivo que abandona todas las formas de privilegio cognitivo, necesidad sustantiva o universalidad estricta (que conceden la posibilidad de validar interpretaciones incompatibles de uno y el mismo poema o pintura).

Pues bien, la idea hegeliana del mundo histórico y cultural es lo que no ha entendido, según Margolis, buena parte de la estética analítica anglo-americana, que manejan una ontología de la obra de arte errónea. Los que defienden una aproximación intencionalista a la obra de arte se enfrentan a la crítica de Margolis, quien, en clave wittgensteiniana, sostiene que no cabe aludir a las intenciones privadas del artista, porque las intenciones artesanales, supuestamente restringidas a la vida mental interior de un artista, se vuelven inteligibles sólo cuando se remiten dependientemente a las propiedades públicamente percibidas de alguna obra de arte. Margolis se opone, así pues, al reduccionismo, porque el lenguaje descriptivo y explicativo apropiados para el mundo cultural y la totalidad de la vida inculturada (lo "Intencional" con mayúscula) pertenece a un mundo que no puede ser (y nunca lo ha sido) reducido al mundo meramente físico o natural. Y se opone al intencionalismo, porque por la máxima generalmente adoptada hoy, "los procesos mentales internos necesitan criterios externos" (idea de Wittgenstein en sus Investigaciones Filosóficas). O dicho de otro modo, el intencioanlismo es simplemente una forma de dualismo cartesiano. Y frente a estas ideas tan arraigadas en la estética anglosajona actual, Margolis ofrece su aproximación Intencionalista (con mayúscula), muy en la senda de lo fenomenológico tal como lo entiende Hegel. El lenguaje, las obras de arte y los yoes tienen propiedades Intencionales. Y aunque ya ha introducido breves aproximaciones, desde aquí Margolis se lanza a la crítica de la estética anglosajona analítica contemporánea, empezando por Danto. Examina su idea de “transfiguración” y critica su idea de la indiscernibilidad, precisamente porque “una obra de arte es un declaración historizada (historicized) que es físicamente encarnada, culturalmente emergente, que posee propiedades Intencionalmente cualificadas que son determinables pero no determinadas del modo en que se dice que lo son las meras propiedades materiales” (p. 136). Desde aquí extiende sus críticas también a Richard Wollheim (y su teoría del “ver-en”) y Kendall Walton (y su tesis del “make-believe”), a partir de la consideración fenomenológica que ha desarrollado, en la que la percepción está culturalmente penetrada, es paradigmáticamente fenomenológica, y no fenoménica. Critica, así, la interpretación que Danto hace de la idea hegeliana del “fin del arte”. Margolis sostiene que “una obra de arte es un artefacto interpretable”, es decir, la interpretación se aplica a cosas reales de una cierta clase receptiva. Las interpretaciones se dirigen a cosas aptas para la interpretación, cosas conceptualmente adecuadas a la interpretación de sus naturalezas dadas. Danto, por el contrario, sostiene que los artefactos de un tipo (aun no obras de arte) se constituyen primeramente como, o son retóricamente transfigurados en obras de arte al “interpretar” meras cosas materiales. Según esto, el objeto al que, según Danto, se aplica la interpretación, carece de propiedades Intencionales y las adquiere retóricamente al ser interpretado. Asimismo, y como no podía ser de otro modo, se opone al intencionalismo de Danto. Y todo ello por su defensa de lo cultual, histórico e Intencional.

Desde luego, se trata de una obra muy pensada y que continúa las ideas que Margolis viene desarrollando en los últimos años. Mas lo que más llama la atención es que constituye una voz muy disonante en la estética anglosajona contemporánea, que está mucho más cerca del pensamiento continental y que, por lo mismo, goza de las ventajas de ambas tradiciones.

 

Sixto J. Castro