PRETTEJOHN, Elizabeth, Beauty & Art 1750-2000, Oxford History of Art, Oxford, Oxford University Press, 2005, 224 pp., ISBN 0-19-280160-0.

 

Se trata de una obra muy interesante en la que la autora hace una exposición clara de tesis estéticas y de historia del arte con ejemplos especialmente pictóricos, pero muy atinados. El capítulo 1 examina los escritos de Winckelmann (y su idea de la imitación de la “noble sencillez y serena grandeza” de los antiguos, ilustrada con abundantes ejemplos) y a Kant, es decir, los comienzos de la estética como disciplina filosófica, cuestiones, que, según la autora, siguen vigentes en la actualidad, pues, para ella, la teoría kantiana despeja el camino para el arte moderno, lo cual es cierto, pero comete un error categorial al considerar que “tras la CJ de Kant no hay límites o constricciones acerca de qué tipo de cosa debería ser el objeto bello, o qué propiedades debería mostrar. Puede ser cualquier cosa” (p. 49). No sé por qué hace esa afirmación, pues su discurso ulterior la desmiente por completo. El capítulo 2 explora una serie de debates sobre cuestiones estéticas en el siglo XIX francés, desde Madame de Staël, que introdujo la estética alemana al resto de Europa, con sus particulares e influyentes interpretaciones de Kant, Cousin, con su superación de la separación de las tres esferas kantianas por recurso a Dios, Delacroix y su rechazo a la imitación, Baudelaire, cuyos escritostuvieron un enorme impacto en la subsiguiente teoría y práctica del arte, a Ingres y su aceptación de la imitación, así como la defensa de éste por Gautier, que le convierte en el último ejemplo de el arte por el arte (preocupado sólo por la belleza misma). El capítulo 3 examina el esteticismo en la Inglaterra victoriana, con la presencia destacada de Ruskin, Swinburne y Pater y los debates acerca de “el arte por el arte” y cómo el arte va perdiendo su conexión con las demás esferas de la acción y la reflexión humana, especialmente con la moralidad, hasta llegar al esteticismo de, p. ej., Oscar Wilde. Es muy sugerente la reflexión que Prettejohn hace en torno a las diferencias que Ruskin constata entre Burne-Jones y Whistler sobre los distintos tipos de belleza que pueden convivir en una misma época, aunque ello no esté exento de roces. El 4 se centra en el siglo XX, especialmente en los críticos y teóricos Roger Fry, Clive Bell y Clement Greenberg y en el ataque explícito que el arte de este siglo supone hacia la belleza, con la disociación de ambos términos. Las tesis centrales del período, con el análisis de las consecuencias de las mismas, son claramente expuestas por la autora, quien critica el formalismo fuerte en favor de una defensa de la belleza. El epílogo trae la discusión al momento presente y se pregunta cómo los debates acerca de la belleza pueden continuar informando la práctica del arte y el estudio histórico del arte en el futuro, proponiendo como ejemplo la vuelta postmoderna a los modelos clásicos griegos de belleza, pero Prettejohn insiste en que no hay que quedarse en eso, como si la belleza fuese algo del pasado, sino que se trata de un nuevo giro teórico. Es realmente interesante la defensa que hace de la belleza no sólo como categoría teórica, sino como un elemento esencial del arte, y no le duelen prendas en criticar a los santones para mostrar las contradicciones internas de los mismos con respecto a ese concepto. En fin, una defensa muy ponderada, muy seria y muy inteligente de la belleza, a partir del análisis detalladísimo y muy ilustrativo del concepto de arte, para contribuir a lo que Gaskell llama “el nuevo giro teórico” hacia lo estético en la historia del arte.

 

Sixto J. Castro