LÁZARO CARRETER, F., “Sobre la dificultad conceptista”, en Estilo barroco y personalidad creadora, Madrid, Cátedra, 1974, pp. 13-43. [para entender este artículo no basta este resumen].

 

Gracián, en el Discurso II de Agudeza y arte de ingenio, define el concepto como “un acto del entendimiento, que exprime la correspondencia que se halla entre los objetos”. Una de las maneras de encararse con el objeto poético es asediar ese objeto, cercarlo y aislarlo, para su más perfecta aprehensión. Todo se ordena en torno al tema, concéntricamente, como las ondas alrededor del punto en que el agua fue herida: Fray Luis de León en las odas e himnos, Cetina en los madrigales, ... En el siglo XVI fue éste el modo de proceder.

En el XVII, el artista, lejos de aislar y recluir su objeto, ha de hacerlo entrar en relación con otro u otros objetos, tejiendo una red de conexiones. El escritor nos niega la visión directa de sus objetos y nos fuerza a contemplar su imagen en unas u otras cosas. La visión directa se sustituye por la visión refleja.

 

procedimientos conceptuales

 

1.      La comparación: podemos considerarla integrada en la amplificatio como procedimiento embellecedor. Su uso llega a nuestros días. La retórica de la Edad Media le da alta dignidad.

2.      La alegoría: es un procedimiento típicamente medieval, pero no exclusivo de ese tiempo.

2.1.            El enigma o adivinanza: se produce cuando eliminamos, total o parcialmente, el miembro A, el miembro cuyos elementos van a ser objeto de correspondencias.

3.      La metáfora: A es B, A : B (aposición), B de A (genitivo aposicional), B en lugar de A (sustitución). En cualquier caso, los dos objetos enfrentados están unidos indisolublemente. La antítesis y el contraste pueden verso como variedades de la comparación.

 

algunos ejemplos

 

a.       Abundancia en torno a 1600 de literatura enigmática y problemática.

b.      Conceptos espirituales y morales de Alonso de Ledesma: creó escuela alegorista (Alonso de Bonilla y el predicador Jerónimo de Florencia)

c.       La metáfora: desmedida afición por este tropo en el siglo XVII. Sirvió especialmente en el arte de las definiciones, tan acepto en la época: Bartolomé Cairasco de Figueroa (n. 1540), poeta canario, autor de Definiciones poéticas, morales y cristianas.

 

la agudeza verbal

 

Para Gracián, “consiste más en la palabra, de tal modo que, si aquélla se quita, no queda alma, no se pueden ésas traducir en otra lengua” (Discurso III). La agudeza verbal no va tras el objeto, sino tras su imagen lingüística. Y es en la palabra, en el significante o en el significado, o en ambos, donde el poeta ejecuta su ingenio. La agudeza verbal es una táctica legítima para producir el concepto. Los efectos de agudeza verbal expuestos a continuación[1]v constituyen el equívoco.

 

Efectos de agudeza verbal:

-          paronomasias (“tálamo, túmulo”)

-          inversión de letras

-          juegos de palabras

-          calambur

-          disociación (“Di, Ana, eres Diana”)

-          dilogía

-          zeugma

-          zeugma dilógico: la palabra suprimida cambia de sentido en cada contexto.

 

Este tipo de recursos eran muy del gusto de los lectores.

 

la dificultad conceptista

 

Ximénez Patón en su Elocuencia española critica la falta de claridad como ornamento. Luis Carrillo en su Libro de la erudición poética (1607) opina que no es lícito abusar de los barbarismos ni metáforas: los enigmas serán absolutamente reprobables. Son lícitas las alusiones mitológicas: la no comprensión sólo será achacable al inculto lector.

Sin embargo, no era ésta la difucultad conceptista, que se dirigía al vulgo, que colocaban la dificultad como un leve obstáculo que, superado, permitía que la lectura del regocijado lector continuase.

El tipo de oscuridad que Jáuregui alza contra la oscuridad gongorina nada tiene que ver con la dificultad conceptista: esta es la dificultad clara, opuesta a la docta dificultad perspicua que vienen a postular Carrillo y Jáuregui.

Dificultad en los conceptos o en las voces, vencible por cualquiera: tal fue el ideal de una gran masa de ingenios hacia 1600. Como algo distinto a ello, se irguió la desdeñosa dificultad ilustre, originada por eruditas alusiones y profundas sentencias, solamente superables por los doctos. Moviéndose entre ambos módulos ascéticos, y enriqueciéndolos, dos grandes artistas iban a hacerse señera y originalmente difíciles: Góngora y Quevedo.

En la última parte del artículo, Lázaro Carreter se centra en “La dificulta de Quevedo” y en “Góngora conceptista”. Destaca, simplificando mucho las palabras del autor, la intensificación de dos procedimientos conceptistas en Quevedo: la acumulación metafórica y la dilogía. Como ejemplo de esta afirmación analiza su soneto “Érase un hombre a una nariz pegado”.

Uno de los aspectos más destacables de “Góngora conceptista” es la afirmación de que su arte supone un colosal esfuerzo conceptista de transformación y mutación. Define el culteranismo como un movimiento radicado en una base conceptista.



[1] En el artículo hay ejemplos de cada uno de ellos.